Risalda se paseaba
por sus grandes corredores,
con mantones de oro y plata
que le arrastran los galones.
Por allí pasó ese conde
y se colmaron de amores.
Risalda ¿quién te pillara,
esta noche en mis honores?.
Esta noche y otra noche
pero ha de ser con usted, conde,
y que no se entere la corte.
A otro día por la mañana
ya la corte lo sabía
que el conde de Montarda,
con la princesa dormía.
La coge su padre un día
y le dice: Risdalda, hija mía,
si es mentira lo que se dice
reina de España serías.
Y si es verdad lo que se dice
en una hoguera arderías.
Se metió en una habitación
donde bordaba y cosía
y la pobre de Risalda
embarazada se hacía
Si bajara un pajarito
de esos que saben volar
le mandaría una carta
al conde de Montarda.
Al bajar, ve al pajarito
y en el pico se la da
-Tome usted, conde esta carta
que a Risalda la van a quemar.
-Si la queman que la quemen,
a mi poco se me da.
Se me da lo que hay dentro
que es mi sangre natural.
Se ha montado en su caballo
y hacia la corte se va.
Que se espere la justicia,
si se quiere esperar,
porque Risalda es muy joven
y la quiero confesar.
La he confesado
y la quiero reconfesar
¿qué usted le manda una carta
al conde de Montarda?.
-Sí señor, se la he mandado
pero a él poco se le da,
-No le dará tan poco
porque delante de ti está.
La ha montado en su caballo
y hacia la corte se van.
La hoguera queda ardiendo
que quemen a un animal,
porque Risalda es muy joven
para Risalda quemar.
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