Silvana se paseaba
por los altos corredores
con un pañuelo de holanda
que le arrastran los galones.
Su padre la remiraba
por un mirador que había
-Silvana si quieres ser
de tu padre bien querida.
-Si te vinieses conmigo
de oro y plata vestirías.
Silvana se metió dentro
con la leche maldecía.
-Malditas sean las madres
que tienen las hijas tan bonitas.
¿Qué te pasa Silvanita?
¿Qué te pasa hija mía?.
Que el tunante de mi padre
me persigue todos los días.
Déjalo tu Silvanita,
déjalo tú hija mía,
que ya llegará el día
que mudemos de camisa.
La camisa de Silvana
su madre se la ponía,
la camisa de su madre
Silvana se la ponía.
A otro día por la mañana
salió a la reja florida
su padre la remiraba
por un mirador que había.
-Silvana si quieres ser
de tu padre bien querida
-Si te vinieses conmigo
de oro y plata vestirías.
-¿Cómo quieres que me vaya
si yo ya estoy casada?
Primero tuve a Don Juan,
segundo a Doña María
y ultimita a Silvanita
que era la que más queria.
¿Quién ha visto a Silvanita
en un convento metida
por querer guardar su honra
y querer salvar su vida?
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